ESCUELA DE EDUCACIÓN SECUNDARIA Nº 9

"Justo José de Urquiza"
República Argentina - Buenos Aires - San Nicolás

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 Cuento: “Caramelos de fruta y ojos grises” iniciado por la escritora Liliana Bodoc  

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IV CERTAMEN LITERARIO "SUSANA MABEL AYALA" (2006)

 

Cuento: “Caramelos de fruta y ojos grises” iniciado por la escritora Liliana Bodoc.


Ellos vendían caramelos de fruta en los bares. Y, algunas veces, estampitas de la Virgen. Pero la virgencita no era para vender sino para pedir colaboración. Aunque, la verdad es que resultaba mejor con los caramelos. Y mucho mejor si los ofrecía Magui, porque era chiquita y tenía ojos grises. A Tomás, la calle le había enseñado que los ojos grises vendían más que los ojos marrones.
Los dos hermanos tenían su clientela fija: viejos hombres de bar que compraban caramelos y los olvidaban en sus bolsillos. Los viejos hombres de bar no podían comer caramelos porque tenían la boca ocupada con cigarrillos negros y palabras para arreglar el mundo. Tomás solía pensar que, cuando los bares cerraban, los viejos hombres permanecían inmóviles, con el cigarrillo a medio terminar, la palabra a medio pronunciar y la taza de café a mitad de camino entre la mesa y los labios. A la mañana siguiente, el sonido de la persiana metálica los ponía en funcionamiento.
Era sábado …. Tomás y Magui terminaron de vender sus caramelos mucho antes de lo acostumbrado. ¡ Buena suerte que las personas anduvieran ese día con ganas de masticar azúcar!
Los niños empezaron a caminar hacia la estación de trenes. Cada una hora, salía el tren que los dejaba más allá de los suburbios industriales. En un lugar donde las calles no tenían nombre y las casas no tenían vidrio.
Tomás iba pateando la cajita de cartón vacía donde habían estado los caramelos. De pronto, Magui se detuvo.
- ¿ Qué hay? – preguntó su hermano.
Magui señaló en dirección a la plaza que tenía juegos.
- Quiero ir al tobogán – dijo.
- Mejor nos vamos – contestó Tomás, pensando que llegaba a tiempo para jugar un
rato a la pelota.
Magui sacudió la cabeza para decir que no, que por favor, que fuera bueno. Magui sacudió la cabeza, y su hermano entendió por qué la gente le compraba caramelos.
- Está bien… - aceptó.
Era sábado, y mediodía de otoño. La plaza estaba casi desierta. Solamente había un niño con una mujer que lo cuidaba.
Magui corrió hasta el tobogán. Tomás, en cambio, se sentó en un banco de cemento. Él ya estaba grande para esas cosas. Tenía ganas, pero mejor que no. Porque si llegaba a verlo algún otro de la calle le iba a gritar de todo; y encima iba a andar diciendo que Tomás era nena.
Tomás se acurrucó en el banco, del lado del sol. Tanteó la bolsita que su madre le ataba a la cintura, debajo de la ropa, para que guardara la ganancia. ¡ Qué suerte que ese sábado las personas anduvieran con ganas de masticar azúcar!
Magui se deslizaba por el tobogán agarradita de los costados. Y claro, era chiquita. No iban a compararla con él que se tiraba con un envión, daba una vuelta completa en el suelo, y se levantaba sin apoyarse en las manos.
El sol de otoño a la hora de la siesta era como un zumbido.
Ahí estaba Magui subiendo de nuevo la escalera del tobogán. Ahí estaba el chico con su abuela. ¿Era su abuela o su mamá? Más bien parecía su abuela …
Tomás no quería dormirse, pero el sol quería que se durmiera. Lo envolvió en una manta con olor a aire libre, le trajo buenos sueños desde allá arriba. Y, en pocos minutos, le ganó la pelea.
Dormido, hecho un ovillo, Tomás estuvo soñando cosas lindas. Sueños muy distintos a la vida. Tan pero tan distintos como unos ojos grises de unos ojos marrones.
Sin embargo, no debió dormir mucho tiempo. Porque cuando despertó, el sol estaba en el mismo lugar, y los pinos de la plaza tenían la misma altura. Lo único diferente era que el niño y su abuela se habían marchado. Tomás se restregó la cara y miró el tobogán: Magui no estaba.
Llevaba algunos años vendiendo caramelos por los bares; más precisamente la mitad de su vida. Y había aprendido que en las calles nada desaparece porque sí.
- ¡Magui! – llamó ¡Magui!
Lo primero que hizo fue recorrer la plaza por si a Magui le había dado por esconderse atrás de algún árbol. Pero, no. A lo mejor, detrás de los arbustos podados con forma de paraguas. Tampoco …
El monumento era un buen lugar, con caballos y todo. Seguramente Magui estaba calladita detrás de un soldado. Tomás miró los rostros de aquellos militares de metal a ver cuál de todos aguantaba la risa para no descubrir el escondite. Dio una vuelta completa al monumento, con los dedos cruzados y el corazón golpeando fuerte. Pero Magui tampoco estaba allí.
Tomás miró hacia todos lados. Nunca la ciudad le había parecido tan grande. Tal vez por eso, él eligió las calles familiares.
En su esquina de siempre, encontró al lustrabotas que los conocía.
- Don, ¿no la vio a la Magui?
- ¿A tu hermanita? – encogió los hombros- No.
Tomás siguió en dirección a los bares donde vendían. Entró en cada uno. Y en todos
repitió la misma pregunta:
- ¿No vio a la Magui?
Los viejos hombres de bar parecían preocuparse. Hasta le preguntaron qué pasaba, y
quisieron saber dónde se había perdido. Pero ninguno abandonó su silla.
Al principio, Tomás sólo preguntaba … Después, espió a ver si su hermana estaba adentro de las tazas con café con leche. A ver si, de tan flaquita que era, se había metido entre el pan de los sándwiches que la gente devoraba sin pena.
Un viejo hombre de bar leía el periódico. Tomás se detuvo en seco porque creyó reconocer a Magui en una foto. Se puso a espaldas del hombre para mirar bien. Y entonces comprendió que se había equivocado; no era Magui la que miraba desde el papel. De todos modos, se empeñó en leer las palabras escritas sobre la foto: Cifras negras. Aumenta el número de niños desaparecidos.
Cuando terminó con los bares que conocía, Tomás empezó a caminar más rápido, más rápido. Observó la expresión de las personas que pasaban a su lado. Y caminó más rápido todavía. Miró el interior de los autos, las cosas que ofrecían las vidrieras. Dobló la esquina, y empezó a correr. Se detuvo en el puesto de revistas. ¿No vio a la Magui? Corrió a la parada de taxis. ¿No la vieron? Siguió corriendo… Cruzó una vez más, con el semáforo encima. Pero siguió … Iba esquivando gente y atropellando gente. Los insultos no lograban alcanzarlo.
Tomás corrió sin sentido. No necesitaba sentido para correr.
- Doña, ¿no vio a la Magui?, ¿no vio a la Magui?
Llegó corriendo a la estación de trenes.
Tiene ojos grises, ¿ nadie la vio?


Y ahora, ¡terminalo vos!