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ACTIVIDADES
IV CERTAMEN LITERARIO "SUSANA MABEL AYALA" (2006)
Cuento: “Caramelos de fruta y ojos grises” iniciado por la
escritora Liliana Bodoc.
Ellos vendían caramelos de fruta en los bares. Y, algunas veces, estampitas de
la Virgen. Pero la virgencita no era para vender sino para pedir colaboración.
Aunque, la verdad es que resultaba mejor con los caramelos. Y mucho mejor si los
ofrecía Magui, porque era chiquita y tenía ojos grises. A Tomás, la calle le
había enseñado que los ojos grises vendían más que los ojos marrones.
Los dos hermanos tenían su clientela fija: viejos hombres de bar que compraban
caramelos y los olvidaban en sus bolsillos. Los viejos hombres de bar no podían
comer caramelos porque tenían la boca ocupada con cigarrillos negros y palabras
para arreglar el mundo. Tomás solía pensar que, cuando los bares cerraban, los
viejos hombres permanecían inmóviles, con el cigarrillo a medio terminar, la
palabra a medio pronunciar y la taza de café a mitad de camino entre la mesa y
los labios. A la mañana siguiente, el sonido de la persiana metálica los ponía
en funcionamiento.
Era sábado …. Tomás y Magui terminaron de vender sus caramelos mucho antes de lo
acostumbrado. ¡ Buena suerte que las personas anduvieran ese día con ganas de
masticar azúcar!
Los niños empezaron a caminar hacia la estación de trenes. Cada una hora, salía
el tren que los dejaba más allá de los suburbios industriales. En un lugar donde
las calles no tenían nombre y las casas no tenían vidrio.
Tomás iba pateando la cajita de cartón vacía donde habían estado los caramelos.
De pronto, Magui se detuvo.
- ¿ Qué hay? – preguntó su hermano.
Magui señaló en dirección a la plaza que tenía juegos.
- Quiero ir al tobogán – dijo.
- Mejor nos vamos – contestó Tomás, pensando que llegaba a tiempo para jugar un
rato a la pelota.
Magui sacudió la cabeza para decir que no, que por favor, que fuera bueno. Magui
sacudió la cabeza, y su hermano entendió por qué la gente le compraba caramelos.
- Está bien… - aceptó.
Era sábado, y mediodía de otoño. La plaza estaba casi desierta. Solamente había
un niño con una mujer que lo cuidaba.
Magui corrió hasta el tobogán. Tomás, en cambio, se sentó en un banco de
cemento. Él ya estaba grande para esas cosas. Tenía ganas, pero mejor que no.
Porque si llegaba a verlo algún otro de la calle le iba a gritar de todo; y
encima iba a andar diciendo que Tomás era nena.
Tomás se acurrucó en el banco, del lado del sol. Tanteó la bolsita que su madre
le ataba a la cintura, debajo de la ropa, para que guardara la ganancia. ¡ Qué
suerte que ese sábado las personas anduvieran con ganas de masticar azúcar!
Magui se deslizaba por el tobogán agarradita de los costados. Y claro, era
chiquita. No iban a compararla con él que se tiraba con un envión, daba una
vuelta completa en el suelo, y se levantaba sin apoyarse en las manos.
El sol de otoño a la hora de la siesta era como un zumbido.
Ahí estaba Magui subiendo de nuevo la escalera del tobogán. Ahí estaba el chico
con su abuela. ¿Era su abuela o su mamá? Más bien parecía su abuela …
Tomás no quería dormirse, pero el sol quería que se durmiera. Lo envolvió en una
manta con olor a aire libre, le trajo buenos sueños desde allá arriba. Y, en
pocos minutos, le ganó la pelea.
Dormido, hecho un ovillo, Tomás estuvo soñando cosas lindas. Sueños muy
distintos a la vida. Tan pero tan distintos como unos ojos grises de unos ojos
marrones.
Sin embargo, no debió dormir mucho tiempo. Porque cuando despertó, el sol estaba
en el mismo lugar, y los pinos de la plaza tenían la misma altura. Lo único
diferente era que el niño y su abuela se habían marchado. Tomás se restregó la
cara y miró el tobogán: Magui no estaba.
Llevaba algunos años vendiendo caramelos por los bares; más precisamente la
mitad de su vida. Y había aprendido que en las calles nada desaparece porque sí.
- ¡Magui! – llamó ¡Magui!
Lo primero que hizo fue recorrer la plaza por si a Magui le había dado por
esconderse atrás de algún árbol. Pero, no. A lo mejor, detrás de los arbustos
podados con forma de paraguas. Tampoco …
El monumento era un buen lugar, con caballos y todo. Seguramente Magui estaba
calladita detrás de un soldado. Tomás miró los rostros de aquellos militares de
metal a ver cuál de todos aguantaba la risa para no descubrir el escondite. Dio
una vuelta completa al monumento, con los dedos cruzados y el corazón golpeando
fuerte. Pero Magui tampoco estaba allí.
Tomás miró hacia todos lados. Nunca la ciudad le había parecido tan grande. Tal
vez por eso, él eligió las calles familiares.
En su esquina de siempre, encontró al lustrabotas que los conocía.
- Don, ¿no la vio a la Magui?
- ¿A tu hermanita? – encogió los hombros- No.
Tomás siguió en dirección a los bares donde vendían. Entró en cada uno. Y en
todos
repitió la misma pregunta:
- ¿No vio a la Magui?
Los viejos hombres de bar parecían preocuparse. Hasta le preguntaron qué pasaba,
y
quisieron saber dónde se había perdido. Pero ninguno abandonó su silla.
Al principio, Tomás sólo preguntaba … Después, espió a ver si su hermana estaba
adentro de las tazas con café con leche. A ver si, de tan flaquita que era, se
había metido entre el pan de los sándwiches que la gente devoraba sin pena.
Un viejo hombre de bar leía el periódico. Tomás se detuvo en seco porque creyó
reconocer a Magui en una foto. Se puso a espaldas del hombre para mirar bien. Y
entonces comprendió que se había equivocado; no era Magui la que miraba desde el
papel. De todos modos, se empeñó en leer las palabras escritas sobre la foto:
Cifras negras. Aumenta el número de niños desaparecidos.
Cuando terminó con los bares que conocía, Tomás empezó a caminar más rápido, más
rápido. Observó la expresión de las personas que pasaban a su lado. Y caminó más
rápido todavía. Miró el interior de los autos, las cosas que ofrecían las
vidrieras. Dobló la esquina, y empezó a correr. Se detuvo en el puesto de
revistas. ¿No vio a la Magui? Corrió a la parada de taxis. ¿No la vieron? Siguió
corriendo… Cruzó una vez más, con el semáforo encima. Pero siguió … Iba
esquivando gente y atropellando gente. Los insultos no lograban alcanzarlo.
Tomás corrió sin sentido. No necesitaba sentido para correr.
- Doña, ¿no vio a la Magui?, ¿no vio a la Magui?
Llegó corriendo a la estación de trenes.
Tiene ojos grises, ¿ nadie la vio?
Y ahora, ¡terminalo vos!
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