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ACTIVIDADESII CERTAMEN LITERARIO "SUSANA MABEL AYALA" (2004)
Bases:
"Desde el fondo de la copa", de Lucía Laragione. I Hace casi un mes que no duermo. Permanecer desvelado es la única manera de evitar las imágenes que me atemorizan… Aunque si voy a contar esta historia, es mejor hacerla desde el principio. Todo comenzó en la ciudad de las ilusiones: Las Vegas. Allí tendría lugar la competencia de magia de la categoría “jóvenes” para la que me preparaba desde hacía cinco años. Yo mismo había inventado y diseñado el truco con el que esperaba ganar. Era una ilusión con cartas de las que, por supuesto, no revelaré el secreto. Sólo diré cuál era el efecto que conseguía: solicitaba a una persona del público que eligiera, del mazo del póker, una carta. Le pedía que la firmara para luego poder identificarla, y a continuación, la despedazaba. Los restos desaparecían devorados por una llamarada de fuego. Segundos después, yo descubría frente a los espectadores un bloque de hielo: en el centro del mismo, había una carta. Al extraerla, era posible comprobar que se trataba de la misma que la persona había elegido y firmado y que yo, a mi vez, había roto en pedacitos y, luego, quemado. Para hacer el truco aún más impactante, había aprovechado mis cualidades literarias escribiendo un poético discurso referido a la existencia de un poder superior al del fuego y el hielo. Debo agregar que conocía bien al resto de los participantes, que había estudiado cuidadosamente las fortalezas y debilidades de cada uno de ellos y que todo me daba la más absoluta seguridad de que yo iba a ganar. Llegué desde Buenos Aires a Las Vegas dos días antes de que la competencia comenzara y me alojé en el hotel donde se llevaría a cabo el recién inaugurado “ Monte del Olimpo” , lleno de estatuas, fuentes y templos alusivos a los dioses griegos. Esos días los dediqué al más absoluto relax. Con sólo visitar los diferentes hoteles temáticos, me trasladé en pocos minutos de Venecia ala Roma Imperial y del Caribe a la glamorosa París. Pasé fugazmente por los casinos ( es imposible dejar de pasar ya que están por todas partes) fui a la piscina y al sauna, desayuné con champagne y salmón, asistí a un magnífico show del “Cirque de Soleil” pero preferí no ver ninguno de los espectáculos de ilusionismo: lo haría al terminar la competencia. Y finalmente, el gran día llegó. II Nadie la conocía. Es más, nadie sabía siquiera que ella iba a competir. En magia, las mujeres se cuentan con los dedos. Esta era griega y basaba sus ilusiones en antiguos mitos de su tierra. Convocada por alguno de los organizadores, con motivo de la inauguración del “Monte del Olimpo” , había llegado desde una de las islas del mar Egeo y se hacía llamar “Lamia”. Ninguno de los demás participantes estaba al tanto de sus antecedentes. Debe reconocer en cambio que, rápidamente, todas coincidimos en que sus méritos saltaban a la vista: la chica estaba realmente buena. Aquella mañana, largo rato antes de la hora establecida para el comienzo, me dirigí a Zeus – el salón dedicado al más poderoso de los dioses griegos – donde se llevaría a cabo la final. Quería estar tranquilo y a solas para relajarme. Entré al camarín que me habían destinado el día anterior y sorpresivamente, me encontré con Lamia. Me explicó que a último momento, cuando yo ya me había ido, habían cambiado las asignaciones y que ahora ese camarín era el suyo. Aproveché el encuentro fortuito para tratar de averiguar dónde había estudiado magia, con qué maestros se había formado, a quienes admiraba y qué clase de ilusiones hacía. Así supe que su especialidad era la bizarra, género que, aunque me cuidé de decirlo, yo consideraba menor. Le pregunté todavía con qué elementos iba a trabajar en su presentación. Me dijo que sólo necesitaba una copa de cristal. La respuesta desató en mí una fuerte curiosidad. Sabía que el resto de mis competidores usaba en escena una parafernalia de recursos tecnológicos. Por eso, a mí me enorgullecía la sencillez de los medios de los que me valía: sólo un mazo de cartas y un bloque de hielo. Pero ella parecía haber ido más allá en el despojamiento escénico. Mientras hablábamos me sentía perturbado por la belleza de sus ojos. Eran grandes y almendrados y los bordeaban largas pestañas renegridas. Y lo más llamativo era el color del iris que, como el mar parecía cambiar de tono a cada momento. Finalmente, venciendo el hechizo de esa mirada, me despedí de la chica deseándole suerte. En mi interior pensé que realmente iba a necesitarla. Tal como estaba programada, la final comenzó a las doce en punto. Me tocaba competir en penúltimo lugar; el último correspondía a Lamia. Los tres primeros participantes hicieron, como era de esperar, un buen papel. Pero mi actuación arrancó aplausos espontáneos y muy calurosos no sólo del público presente en la sala sino del mismo jurado. Ahora le tocaba a ella. Debo reconocer que su discurso era muy bueno. Contó que había tomado el nombre Lamia de una princesa, hija del rey de Libia, porque la ilusión que iba a presentar se basaba en su historia. Posesionándose del personaje, nos hizo saber que Zeus se había enamorado de la princesa y que , de esos amores, habían nacido varios hijos. Pero Hera, legítima esposa del dios, atormentada por horribles celos, fue matando a cada una de las criaturas que su rival daba a luz. Y como si no le bastara con la sangrienta venganza, además la diosa condenó a Lamia al insomnio. Así la obligó a ver por toda la eternidad el horror de la muerte de sus hijos sin concederle el olvido consolador del sueño. Loca de dolor , la muchacha se refugió en la gruta de una isla perdida del Egeo y se convirtió ella misma en una pesadilla: empezó a devorar a los hijos de otras mujeres. Compadecido de las tormentas que su amor le había ocasionado. Zeus otorgó a su amante la posibilidad de arrancarse los ojos y de reponerlos, cuando así lo deseara en las cuencas vacías. Para alcanzar el sueño, Lamia se los quitaba y los guardaba en una copa de cristal que tenía en la cabecera de la cama. Cuando la griega terminó de contar la historia, un silencio impresionante se produjo en la sala. Todos teníamos la sensación de que íbamos a asistir a un espectáculo único. Una luz blanquecina iluminó el centro de la escena donde Lamia sostenía la copa de cristal con una sola mano mientras pronunciaba una especie de oración en la que lo único que reconocí fue la palabra Zeus. Ahora, la joven dirigió la mano libre al ojo derecho y, de un solo tirón, lo desprendió de la órbita. Un estremecimiento nos sacudió al unísono. Consciente del impacto producido, ella dejó caer dentro de la copa de cristal, el ojo recién arrancado. Luego, llevó la mano al otro y lo extrajo con un rápido movimiento. Unos segundos después, desde el fondo de la copa, con sus cambiantes tonos, ambos ojos parecían mirarnos. También las cuencas vacías de la joven nos observaban con aterradora fijeza. Nadie atinaba a moverse. Entonces, ella descendió lentamente del escenario y se dirigió a la platea llevando la copa en sus manos. Se detenía frente a algunos de los espectadores, invitándolos a mirar de cerca el contenido del recipiente. También les pedía que se asomaran sin temor a los dos agujeros negros de su cara. En ese momento, varias personas se retiraron de la sala protestando por no haber sido advertidas de que el espectáculo no era conveniente para gente impresionable. Estaba absolutamente sorprendido. El efecto de realidad que Lamia lograba con su truco era tan intenso que no se podía comparar con ningún otro que jamás yo hubiera visto. No pude dejar de preguntarme cómo lo conseguía. Todos mis conocimientos sobre ilusionismo ( que, por supuesto, son extensos) no me alcanzaban, sin embargo, para alcanzar una respuesta satisfactoria. Cuando terminó la presentación, el jurado se reunió a deliberar; los premios serían anunciados en la fiesta que tendría lugar la noche siguiente. III Había decidido introducirme en el camarín de Lamia y examinar de cerca la copa de cristal . Y lo haría aquella misma tarde. Los comentarios del público y la opinión de mis propios compañeros y rivales atribuían el primer premio a la actuación de la griega. Yo estaba segura de que se equivocaban. Pero de todos modos, necesitaba descubrir al mecanismo del truco. No tuve dificultad en deslizarme en el camarín, como una invitación habían dejado la puerta abierta. Para mi desencanto, la copa no estaba allí. No me di por vencido. Imaginé que Lamia debía tenerla en su habitación. Se trataba sólo de encontrar el modo y la oportunidad para hacerle una discreta visita. Costara lo que costara, tenía que apoderarme de secreto antes del anuncio de los premios. Así, en el hipotético caso de que ella ganara, tendría los elementos para poder cuestionar la decisión. Pagué a la persona adecuada unos cuantos dólares y obtuve una copia de la tarjeta magnética que me permitiría ingresar a la habitación de la chica. En cuanto a la oportunidad para hacerlo, había decidido que sería aquella misma noche. Todos los participantes de la final cenamos juntos en franca camaradería. Con diferentes estilos, los cuatros intentamos que la griega nos revelara la verdad sobre el truco. Por toda respuesta, ella sonrió mientras nos atravesaba con aquellos enigmáticos ojos. Al terminar la comida, los otros decidieron probar suerte en el casino. Con el pretexto del un cansancio feroz, dije que me iba a dormir. Me despedí hasta el día siguiente y me dirigí a la habitación de Lamia. Ingresé sin ninguna dificultad y la suerte me favoreció: al encender la luz la vi. Sobre la mesa de noche, junto a la cabecera de la cama, estaba la copa de cristal…
Y ahora, ¡terminala vos! |